Felipe González – Saturno se suelta

Tras trece años de gobierno, este sevillano de 60 no se resigna al silencio de las estatuas. El pasado martes, durante un acto junto a Zapatero, el ex presidente aseguró que “es verdad que se ha producido el relevo, pero está todavía por demostrar que hay un nuevo proyecto con contenido e ideas”. La vieja guardia se sintió interpretada, mientras la dirección del PSOE alucinaba. La abrupta sinceridad del antiguo líder le ha devuelto protagonismo. Pero no parece la mejor ayuda para la izquierda

Desde que no es presidente aparece en todos los actos públicos vestido como de fin de semana, con jerséis, camisas sin corbata, chaquetas de piel y gafas de profesor sesentayochista que está de vuelta. Exhibe en la indumentaria una informalidad nueva, que nada tiene que ver con el equipo de hacer el mitin que vestía cuando vivía en la Moncloa, la cazadora “sport” de ante que tantos votos captó. Es la vestimenta propia del que se siente suelto y libre en sus adentros para decir lo que realmente le da la gana.

Felipe González Márquez confesó hace unos meses esta predisposición a la sinceridad silvestre que va unida a la libertad de no tener cargos. Fue durante la presentación del libro de conversaciones con Juan Luis Cebrián, “El futuro no es lo que era”. Pero ya antes, durante un homenaje a Ernest Lluch en Barcelona, el ex presidente se puso estupendo y arrojó una crítica terminal a la gestión de Aznar que dejó a Zapatero fuera de juego. Por no hablar de los desmarques que hizo respecto a la línea oficial del PSOE durante la campaña electoral vasca.

Tras trece años de poder, el mito de la izquierda española ha aflojado las palometas de su personaje y le ha dado por tirarse de cabeza al río sin medir la profundidad. Hermético y persuasivo cuando gobernaba, practica ahora una franqueza áspera, jactanciosa y levantisca que delata algo cercano a unmal curado resentimiento. Por el tormentoso final en el poder o por el mal acomodo en el sucedáneo de posteridad que se empeña en habitar.

El estadista que nos metió en Europa y que certificó el escaparate de la modernidad mezcla hoy la lucidez que siempre tuvo con la inoportunidad del abuelo Cebolleta, y se suelta el pelo para zamparse, a la manera del monstruoso Saturno de Goya, a sus hijos con relamida complacencia. El martes, una vez finalizado el acto en el que enmendó la plana a Zapatero, alguien le acercó los teletipos. González comentó: “Ya me he pasado”.

En el mercado del rumor nadie tiene un porqué. Está la hipótesis generacional, que relaciona el episodio con el malestar de los cincuentones ex cargos de los gabinetes felipistas a quienes nadie consulta ya nada, que sienten nostalgia de mando y cuyo horizonte es poco halagüeño (Serra también se quejó de la estrategia de Zapatero hace poco). Está la hipótesis emocional, que vincula la salida de tono con la imposibilidad de que un carisma fuerte con aún mucho tirón sea capaz de convertirse en un prejubilado disciplinado para fiestas y festejos. Ytambién está la hipótesis torticera, que sostiene que todo es un intento de demostrar que su sucesor no está teledirigido por él, con miras a las primarias.

El joven Isidoro, en el congreso de Suresnes de 1974, dio carpetazo a los veteranos del partido, empeñados en mirar hacia atrás. Ahora, un todavía poco viejo Isidoro no se resigna a que los “niños” le den carpetazo a él, obstinado –a pesar de su experiencia– en hurgar en ese pasado reciente que le duele. Pocos días después de su renuncia a todos los cargos en el PSOE, en junio de 1997, González afirmó que no se alejaría de la política “tanto como para que piensen que me retiro”.

Ay de los que fueron jóvenes líderes de la estrenada democracia, atrapados hoy en el purgatorio de la segunda o tercera transición. ¿Qué será de ellos? ¿Quién les cantará? Artur Mas ya puede ir tomando nota, porque Pujol se intuye tan resistente como González. No todos tienen, como el Fraga de Aznar, una autonomía lejana donde irse apagando sin hacer sombra.

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