José María Aznar – El número 97

Anunció y cumplió que se retiraría de la presidencia del Gobierno tras dos legislaturas en la Moncloa. Esperaba dejar cómodamente instalado a su sucesor en el poder y seguir su carrera política en la escena internacional. Sus planes se han desbaratado abruptamente. La combinación del rechazo a su estilo gubernamental y los graves acontecimientos sucedidos antes de las últimas elecciones han llevado su partido a la oposición. Con 51 años, Aznar es hoy un dirigente con un futuro incierto y a la baja

Hay que mirar hacia atrás para entender el final de la carrera política de este personaje a quien nunca se le ha dado bien sonreír. En el libro Retratos íntimos de José María Aznar. Un hombre, un proyecto, editado poco antes de las elecciones de 1996 que le llevaron por vez primera a la Moncloa, el líder popular contestaba el célebre cuestionario Proust. Vale la pena reproducir tres respuestas que, hoy, resultan tremendamente reveladoras y crudamente paradójicas: “La empresa militar que más admiro: las que garantizan la paz; la reforma que creo más necesaria: me- tas directas, causas generosas; mi lema: no hay meta que tu esfuerzo no pueda conseguir”. Aznar termina su mandato envuelto en los desastres de la guerra y la violencia, víctima él y su partido de metas demasiado directas y faltas de consenso, y frustrado en su esfuerzo doble y principal de acabar con el terrorismo y de convertirse en un estadista mundial. Para redondear la ironía de la historia, hay una cuarta respuesta que Aznar formulaba entonces en tercera persona del plural pero que, ahora, tiene ecos de primera del singular: “Los personajes históricos que desprecio más: los que quieren reducir la historia a su medida”. ¿Lo habrá recordado últimamente?

La carrera política de Aznar es la fábula de un hombre que acaba cargándose a conciencia todo lo que él mismo ha construido con una tenacidad fuera de lo común. Él ha sido el arquitecto pirómano de un proyecto importante de dimensión histórica: la normalización, cohesión, modernización y proyección de la derecha española posfranquista. Un empeño logrado satisfactoriamente hasta que la determinación inicial se convierte en obcecación, intransigencia y desprecio al sentir general. Su centrismo fue breve. Aznar choca contra Aznar.

La fábula del presidente número 97 de la historia de España y cuarto tras el restablecimiento de la democracia es un relato circular que empieza como acaba, con el terrorismo como argumento. El 19 de abril de1995, cuando iba ganando puntos entre la opinión pública, Aznar sufrió un grave atentado del comando Madrid de ETA. El blindaje de su Audi 2000 le salvó y su imagen saliendo por su propio pie del automóvil dio la vuelta al mundo como la estampa de un líder dotado de entereza, coraje y suerte especiales. Los 25 kilos de amosal colocados por los etarras para destruirle le regalaron, sin querer, una suerte de carisma postizo que superaba las debilidades de su talante frío, distante y gris. En las elecciones del 3 de marzo de 1996, el superviviente Aznar, con alzas de jefe indiscutido, ganó por la mínima al veterano Felipe González, gravemente cercado por varios casos de corrupción y guerra sucia.

El pasado jueves 11 de marzo, la masacre del terrorismo islamista en Madrid y la gestión informativa al respecto pusieron punto final a un periplo que Aznar se había dibujado con tiralíneas y que debía proseguir en la escena internacional tras ocho años en la Moncloa, dejando a su sucesor Rajoy bien sentado en el poder. El mandatario que fue víctima del terrorismo y se salvó, el que colocó el terrorismo en el primer lugar de la agenda, el que afirmó haber puesto a ETA contra las cuerdas, el que puso bajo sospecha a todos aquellos que discrepaban, este hombre semarcha por la puerta trasera en medio de la conmoción creada precisamente por un terrorismo a gran escala, el mayor conocido en toda Europa hasta hoy. No podía prever Aznar que el cruce endiablado del terror, el dolor, la mentira oficial y la indignación ciudadana escribirían el último párrafo de su biografía pública.

En medio de los dos atentados, entre 1995 y 2004, Aznar, al que la economía sí le salió bien, quedará como el presidente del “Prestige”, del decretazo, del Perejil, del plan hidrológico, del constitucionalismo intocable, del recorte autonómico y de la guerra. La memoria recuerda, sobre todo, los finales.

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