¿Otra vez ante la Morta?

El mes de octubre de 1898, en pleno desastre colonial español, Joan Maragall escribía lo siguiente en una carta a Joaquim Freixas: «La qüestió per Catalunya és europeïtzar-se, tallant més o menys lentament la corda que la lliga a la Morta. El viure és el primer dever. Qui no vulga seguir que no segueixi. Per a Espanya ha arribat allò de: sálvese quien pueda». Con todas las enormes distancias que sean menester, es inevitable encontrar paralelismos entre aquel momento lejano y nuestra aturdida actualidad. La España de hoy no es el país derrotado de una guerra colonial sino un Estado bajo amenaza de intervención por parte de la UE, dirigido por un gobierno poco creíble, lastrado por la confusión interna y la falta de liderazgo y coraje políticos. La Morta, la muerta, descrita por el poeta Maragall era -es obvio- la España podrida y decadente de la Restauración. ¿Estamos otra vez ante la Morta?

Lo primero que hay que decir es que España ha entrado en el siglo XXI con casi todos los deberes hechos. Ha roto su aislamiento internacional, ha modernizado la administración, ha enterrado el militarismo, ha visto disolverse el conflicto religioso y ha creado una sociedad de clases medias. El gran problema pendiente estructural de España es hoy el reparto del poder político en función de la existencia de naciones diversas dentro de un mismo Estado. De todos los factores que propiciaron la Guerra Civil, el conflicto nacional-identitario es el único que pervive y es notorio que el edificio autonómico no lo resolvió. ¿Se puede hablar, pues, con propiedad hoy de la Morta? Parecería exagerado hacerlo, sobre todo desde el catalanismo, si tenemos en cuenta, como bien explicó el profesor Vicente Cacho Viu, que el nacionalismo catalán es uno de los principales elementos de dinamización y apertura de España. El intervencionismo catalanista -la última página del cual fue escrita por el tándem Jordi Pujol-Pasqual Maragall- hizo mucho trabajo, pero no obtuvo el reconocimiento amplio que esperaba. Los límites de la actual autonomía ilustran esta amarga paradoja.

Con todo, si observamos y escuchamos a buena parte de las élites españolas y si leemos la prensa de Madrid, la mentalidad de fondo respecto de Catalunya no ha cambiado mucho desde 1898. Hoy, la Morta es la España mental, una conciencia colectiva que continúa fiel a los prejuicios y convicciones de hace más de un siglo. En el centro de esta conciencia colectiva española está la noción de anomalía aplicada al hecho nacional catalán. Anomalía implica disfunción: el catalán es un español defectuoso, tan raro que incluso habla una lengua diferente cuando podría hablar «el idioma común». De entrada, ¿cuántos españoles admiten que Catalunya es una nación? La Constitución de 1978 habla de nacionalidades. La cultura política de la democracia -es un hecho muy grave- no ha modificado en nada el centralismo y el unitarismo de la sociedad española, por eso cualquier reclamación de Catalunya es percibida mecánicamente como un chantaje insufrible.

El impacto de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en las relaciones Barcelona-Madrid fue altísimo. Las élites catalanas, identificadas con el sistema de Cánovas y su proteccionismo, empezaron a ver la luz a raíz del fin del sueño imperial. Antes, la burguesía catalana se había envuelto con la bandera española para ir contra la autonomía arancelaria que el Gobierno Sagasta concedió a la isla. La prensa catalanista acusaba a los industriales catalanes de vivir preocupados sólo por sus negocios. La pela era y es la pela.

Enric Prat de la Riba -que ha pasado a la historia como un hombre de orden- escribió entonces artículos muy duros y lúcidos contra la miopía de las clases dirigentes que no mostraban ningún interés en la autonomía de Catalunya y que aceptaban ser gobernados por políticos incompetentes y corruptos. Se aferraban dóciles a la Morta. El desastre del 98 era visto por el futuro presidente de la Mancomunitat como «l’inici del càstig a què s’ha fet creditor l’industrialisme exagerat de la nostra gent i el seu menyspreu per tots els interessos que no són els exclusivament materials». Estas palabras son de una actualidad vivísima y seguro que hoy algunos tildarían a Prat de la Riba de ingenuo y de radical. Pero es él quien, finalmente, tuvo la razón y quien más hizo para convencer a la burguesía de que el único camino para encarar el siglo XX con dignidad era el catalanismo.

El choque entre la burguesía catalana y la política moribunda de Madrid se intensificó y ni las promesas reformistas del general Polavieja detuvieron la corriente transformadora. Como explica muy bien Francesc Cabana, el ministro de Finanzas del Gobierno Silvela, Villaverde, rehusó la petición de un concierto económico como el del País Vasco y Navarra a la vez que aumentaba la presión fiscal para pagar la deuda de la guerra. Eso provocó aquí la protesta del Tancament de Caixes. ¿Les suena?

La Morta de los tiempos de Maragall no estaba muerta del todo. Malherida y humillada por Estados Unidos y los cubanos, todavía tenía bastante fuerza para negar a la sociedad catalana lo que unos prohombres juiciosos solicitaban sin voluntad separatista. La Morta de hoy, vigilada y humillada por Alemania y la burocracia de Bruselas, y con menos soberanía que hace cien años, hace que el heredero de aquel ministro Villaverde, el locuaz Montoro, exija al Govern de Catalunya el cumplimiento de los deberes mientras el Gobierno central incumple cínicamente sus compromisos con los catalanes. ¿Qué haremos nosotros? ¿Qué nos recomendaría el joven Prat de la Riba?

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