Mazinger Z vuelve

Celebro que, aprovechando la inauguración del Salón del Cómic, este diario recuerde a uno de los personajes más míticos de mi infancia: el robot Mazinger Z, protagonista de unos dibujos animados que nos hicieron felices cuando era generalmente aceptado que los robots y los inventos de todo tipo -sobre todo los electrodomésticos que nuestros padres compraban gracias a las horas extra- eran algo bueno que servía para hacernos la vida más fácil y mejor que la de nuestros antepasados. Ahora, en cambio, salen por televisión personas que promueven regresar al estilo de vida de los bisabuelos, a la búsqueda de una simplicidad y de una autenticidad que nos llevarán a la paz interior. ¿Tan débil es la memoria de la dureza y la precariedad que acompañó la existencia de la gente de este rincón de mundo hasta hace sólo cuatro días? Idealizar la vida a la luz de las velas tiene más que ver con la candidez que con la austeridad.

Volvamos a Mazinger Z. ¿Por qué nos gustaba tanto aquel robot que se enfrentaba a las máquinas destructivas del Doctor Infierno, el malvado de aquellas aventuras? Porque vencía, porque lo hacía noblemente y porque utilizaba unas armas sensacionales, como los puños cohete o el fuego de pecho. Era un robot tan humano que incluso tenía una compañera llamada Afrodita A. Supongo que los vigilantes más ortodoxos de los efectos de la violencia televisiva no deben sentir ninguna simpatía por este tipo de dibujos como no la sienten por las películas del Far West que llenaban nuestras tardes del sábado o por las historietas de Hazañas Bélicas. Con ojos de hoy, el robot pilotado por Koji Kabuto no aprueba el examen de la corrección política y podría ser acusado como expresión evidente «de una cultura de masas que enaltece la tremenda violencia estructural que sufrimos y que explica todas las otras violencias, empezando por la de los desesperados buenos chicos que no tienen otra forma de hacerse escuchar que quemar contenedores y tiendas».

El robot es la metáfora de una inteligencia humana que se desafía a sí misma y sale adelante. El replicante de Blade Runner es Mazinger Z tras saber que los Magos de Oriente son los padres. Por eso no hay nada más humano y más tocado por las emociones que los robots que la literatura, el cine y el cómic nos han regalado. Una inteligencia que es un canto a la libertad del individuo, enfrentado a la responsabilidad de sus actos. El otro día alguien hablaba de una supuesta «inteligencia colectiva» que nos permitiría salir de la crisis, refundar la democracia y construir un mundo mejor. Quedé patitieso: ¿inteligencia colectiva? Es un contrasentido inquietante. La inteligencia es individual o no es, y hace que los individuos cooperemos y compitamos desde los tiempos de los dinosaurios. Otra cosa es confundir Twitter y Facebook con el Dios de Spinoza.

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