Tu yo, en bolsa

Me encuentro un conocido que se queja airadamente de la salida a bolsa de Facebook, como si se sintiera traicionado por su mejor amigo o engañado por su mujer. Él era un entusiasta de la red social más concurrida pero ahora, muy cabreado con Zuckerberg, se ha convertido en un detractor furibundo del invento. El hombre se había creído de verdad la gratuidad de Facebook y consideraba que utilizar este canal para tener amigos era como haber llegado a una forma de utopía que favorecería la solidaridad, la paz y muchas cosas más. Creyente fervoroso de una futura democracia cibernética y la abolición del capitalismo por la vía digital, no puede entender que su amado Facebook sea también un oscuro objeto de deseo en Wall Street, como cualquier producto que el sistema -él siempre habla del sistema- pone a disposición del personal.

La abuela tenía claro -y no tendríamos que olvidarlo- que «lo que no va en lágrimas, va en suspiros». Las redes sociales -según muchos profetas- nos traerán un mundo nuevo que abolirá los peajes -ay, los peajes- y la propiedad privada, y entonces seremos felices y comeremos perdices, integrados en una conciencia global única que será capaz de encontrarle solución a todo espontáneamente. Ciertamente, vivimos una revolución tecnológica de gran alcance, comparable a la invención de la imprenta, pero debemos ser prudentes a la hora de proyectar los efectos maravillosos de estas transformaciones.

El profesor y periodista Josep Lluís Micó, que recientemente ha publicado el muy valioso y documentado libro Ciberètica. TIC i canvi de valors (Barcino), explica muy bien el fenómeno que ha descubierto de manera abrupta mi conocido, ayer tecnoeufórico: «La mayoría de los servicios y contenidos de internet no cuestan dinero, pero tampoco son absolutamente gratuitos. Uno de los precios que tiene que pagar el usuario por navegar por la web, por los lugares donde entra, por los contenidos que se descarga, por las relaciones que tiene, es el rastro que deja. Esta información vale, por ejemplo, para personalizar la publicidad que se le envía, incluyendo las aplicaciones de geolocalización para saber dónde se encuentra y qué le puede gustar en cada momento». Es decir, nuestra huella en el ciberespacio es lo que genera beneficios millonarios. Pensaban ustedes tener cientos de amigos en Facebook pero, en realidad, sólo multiplicaban su marca. Este negocio es viejo. En el clásico mundo televisivo de canales gratis, la audiencia se convertía en codiciada mercancía pero la pequeña pantalla no pretendía ser lo que no era. Ahora, las redes sociales hacen una operación similar y, a la vez, alimentan la fantasía del gratis total y del buen rollo planetario. Mi conocido ha descubierto, finalmente, que la amistad de Facebook -incluidas aquellas infames fotos de una cena con los compañeros- tenía truco.

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