Los errores de CiU

Mientras los medios de Madrid consideran que el nacionalismo ha sido derrotado con el retroceso electoral de CiU (también lo auguraron cuando Pujol empezó a declinar en los noventa) y la prensa anglosajona resalta la composición de un Parlament donde el soberanismo es mayoritario, la federación liderada por Artur Mas se enfrenta a una tarea delicada pero imprescindible: analizar con detalle las causas de un fracaso que, sin menospreciar el impacto de las acusaciones no probadas de corrupción y la huelga general del día 14, debe empezar por los propios errores del equipo del candidato que convocó los comicios.

Por un lado, están la crisis y los recortes, que poco o mucho han pasado factura a todos los gobernantes europeos; Mas pensó que la ciudadanía valoraría positivamente el hecho de admitir sin subterfugios que el nuevo Govern debería seguir con los ajustes, pero el malestar general no ha resistido el manejo de tanta sinceridad.

Por otro lado, la gran incógnita reside en establecer si Mas ha despertado recelos por ser poco creíble como independentista (lo que explicaría el crecimiento de ERC como fuerza vendedora del proyecto original), por ser demasiado rupturista para los moderados, o por ser ambiguo (e insistir en la idea de un Estado propio en vez de hablar de independencia). Quizás un poco de todo, aunque una primera lectura sugiere que de los doce escaños que pierde CiU, los republicanos atrapan once. Este esquema describe un trasvase automático (que habría que matizar con el análisis por zonas) y un nuevo reparto de apoyos dentro del campo soberanista pero -y eso es lo más importante- no un claro crecimiento del mismo, que es lo que se pretendía, en última instancia.

La campaña de CiU trató de poner en primer plano el mejor activo de la federación, el president. Era lo lógico, puesto que su figura asumía todo el peso de la operación. Pero la táctica y la retórica empleadas para difundir su compromiso no acertaron en el tono y en la intensidad: un poco de contención tal vez hubiera creado menos rechazo entre los sectores que (sutilezas de una sociedad alejada del poder estatal) ven al pueblo como un todo autogestionado al que nadie debe dirigir a la manera clásica. De este tipo, sólo gusta Macià, icono del pasado.

Por último, CiU, el mundo soberanista en general y varios de los que escribimos en los papeles -me aplico sinceramente la autocrítica- quizás nos hemos precipitado al calcular la capacidad de seducción de un mensaje de cambio en aquellos ambientes ajenos tradicionalmente a las premisas catalanistas. Pero el tropiezo importante de Mas no acaba con un problema que arrastramos desde hace siglos.

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