Tuits papales

Benedicto XVI ya le da a la tecla. Quiero decir que ya está en Twitter y le siguen 1,3 millones de personas. Sería extraño que el líder de la Iglesia no acabara utilizando esta herramienta cuando el Vaticano siempre ha sido una potencia precursora en la utilización ambiciosa de la comunicación, como corresponde a los inventores de la propaganda moderna. La batalla de la fe exige estar presente allí donde se pueda colocar el mensaje, sin manías. Despreciar ciertas innovaciones tecnológicas hizo que el catolicismo perdiera terreno -a partir de los años ochenta- en beneficio de varias iglesias evangélicas que hicieron una apuesta muy fuerte y agresiva por la televisión. El impacto de eso es perfectamente visible en muchos países latinoamericanos. En términos de mercado, un error así se paga muy caro.

Ratzinger ha escuchado a los expertos que lo asesoran y se ha introducido en esta selva apasionante donde todo el mundo es emisor y receptor a la vez. Twitter, como internet en general, tiende a alimentar el carnaval de las falsas identidades, lo cual desfigura, muchas veces, el intercambio de mensajes. En la vida, hay impostores y en las redes sociales todavía hay más, porque es muy fácil crear identidades digitales para esconder quiénes somos, para simular lo que querríamos ser, o simplemente para atacar con impunidad. Cuando aparece en público, el Papa se desplaza en un automóvil especial que lo protege de posibles atentados, mientras que en Twitter estará expuesto a todo tipo de ataques, entre los cuales no faltarán los movidos por odios y fanatismos. Se aconseja paciencia, virtud muy apreciada en Roma.

Con todo, hay una contradicción insalvable entre un Pontífice que tuitea y responde alguna pregunta de sus seguidores y el carácter excepcional que siempre tienen las palabras del sucesor de Pedro. Por ejemplo, son escasas las entrevistas que los papas conceden a los medios y, cuando eso pasa, se trata de ejercicios que tienen poco que ver con la manera como un periodista puede interrogar a cualquier personalidad relevante, incluidos los presidentes de los gobiernos más importantes. La palabra del Santo Padre necesita recordarnos que responde a una función sagrada, no puede producirse de cualquier modo ni fuera de unas pautas muy codificadas. Además, una de las características del Papa es que habla poco, porque intenta despertar gran interés siempre.

Esta economía del mensaje papal -que refuerza la intención de influencia sobre los fieles y los que no- casa poco con Twitter, una herramienta y un canal que favorece el exceso comunicativo y, por tanto, la banalización por acumulación y saturación. Los músicos y los poetas saben que, a menudo, menos es más. No sé si el periodista de cabecera de Benedicto XVI, Greg Burke, ha pensado mucho en eso.

 

 

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