Nosotros, los nazis

María Dolores de Cospedal, número dos del partido que hoy gobierna España, ha dicho que los escraches son “nazismo puro”. He escrito en contra de los escraches como método de presión en democracia y con independencia de la causa que promuevan los que practican estas protestas. Ahora bien, decir, como ha hecho la secretaria general del PP, que las acciones de la PAH son nazismo es una aberración intelectual y una desfiguración política, tan insostenible como intentar vincular a Ada Colau con ETA. La calificación expresada por Cospedal no me sorprende. Hoy les ha tocado a los activistas contra los desahucios, hace mucho tiempo que los catalanistas (soberanistas o no) son tildados de “nazis” por políticos y periodistas de la derecha y la izquierda más centralistas. Presentar el catalanismo como nazismo ya es una rutina, que sirve tanto para ensuciar a un club de fútbol como para criminalizar las políticas de un conseller.

Sería fácil, a la luz de las palabras recientes, pensar que esta fijación es una manía exclusiva de la derecha más reaccionaria. Pero no es así. Supuestos progresistas también sacan esta y otras palabras del cajón cuando no quieren ni pueden dar argumentos más sólidos. Hace pocos días, he leído que alguien asociaba sin ninguna vergüenza la normalización lingüística del catalán a los talibanes, al fascismo y al nacionalcatolicismo. Insuperable. De joven, hubiera sentido rabia ante el autor de este tipo de ocurrencias, ahora siento pena, me he hecho mayor y la compasión me domina. Es la pena que produce el triste espectáculo del resentido profesional vomitando sobre la realidad, para ahorrarse un médico que le trate los traumas.

¿Cómo se ha podido retorcer tanto la verdad en España para que gentes de derecha y de izquierda utilicen habitualmente (o toleren que otros lo hagan) los términos nazi y fascista para referirse a una opción democrática como es el catalanismo en todas sus formulaciones? Hace poco, se conmemoraba el 75.º aniversario del fusilamiento de Carrasco i Formiguera a manos del ejército golpista de Franco. Este político leal a la Segunda República, que tuvo que huir de Catalunya por su condición de católico amenazado por la FAI, fue ejecutado finalmente por el bando rebelde, por su condición de catalanista. En España, como acreditan los documentos históricos, los amigos de los nazis fueron los que asesinaron a Carrasco i Formiguera, no él ni los que forman parte de la gran tradición catalanista, dentro de la cual se mezclan las corrientes conservadoras y republicanas hasta hoy. Decir del nacionalismo catalán que es como el nazismo o el fascismo es, además de una grave falsedad, un intento de convertir en verdugo a un movimiento víctima de la dictadura y vinculado al combate por la democracia. Aunque Cambó -eso también es rigurosamente cierto- apoyara a Franco.

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