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Francesc-Marc Álvaro | Pobresa i coneixement
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14 jun 2013 Pobresa i coneixement

La última encuesta de condiciones de vida del Institut d’Estudis Regionals i Metropolitans indica, entre otras cosas, que el riesgo de exclusión no es un asunto que sólo tenga que preocupar a los sectores sociales con menos formación y menos integración social. Según esta muestra, las bajadas salariales afectan más a los profesionales o a los encargados de empresa que a la media de trabajadores. Leo que los expertos aseguran que se trata de una tendencia que se da en toda Europa y que se intensifica en Catalunya a causa de la destrucción del tejido industrial y de la caída en picado de la construcción. Sólo el sector servicios crea empleo, pero eso beneficia más a la capital catalana que a las ciudades metropolitanas.

El mensaje tácito que envían estos datos es de una trascendencia más grave de lo que parece y apunta al corazón de nuestro sistema de valores: formarse no te salva de la precariedad ni del paro porque la crisis ha entrado en una fase sin precedentes. Eso es letal. Obviamente, todos sabemos que el conocimiento es indispensable para hacer ciudadanos que sean autónomos, críticos y puedan tomar decisiones. Pero el fatalismo de las cifras cuestiona con fuerza el viejo paradigma ilustrado según el cual la emancipación personal tiene que partir necesariamente de una buena educación. ¿Cómo haremos entender a nuestro hijo adolescente, en medio de este clima de derrota, que siempre es mejor prepararse a fondo que abandonar los estudios? Será muy complicado.

La erosión progresiva de las clases medias preparadas no es un hecho que hayamos sabido ahora. El paro entre los jóvenes universitarios y entre profesionales experimentados de mediana edad rompe el discurso de la cultura del esfuerzo y nos instala en un desierto desconcertante. Se hace muy difícil cualquier retorno a las antiguas certezas de cuando el ascensor social sí funcionaba. Aquella idea que asociaba una formación mejor a más oportunidades hizo que mis padres consideraran un éxito que uno de sus hijos llegara a la universidad. El mañana debía ser mejor que el ayer, y estudiar era la vía que permitía acceder a una forma de vida más libre y digna. La democracia se ensanchó y se hizo más sólida cuando los hijos de los trabajadores pudieron acceder a la enseñanza superior.

La crisis del binomio conocimiento-empleo es la crisis de un relato según el cual el dominio de la realidad que proporcionaban las aulas aseguraba el bienestar y la seguridad. Deberemos reconstruir, con nuevos argumentos, la legitimación del saber como herramienta de emancipación del individuo, para que la crisis no nos haga más tontos además de más pobres. Nuestro hijo adolescente espera una explicación que le libere del desánimo y que, sin prometer paraísos, le anime a continuar la aventura de estudiar.

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