La pared y los 300.000

Todo lo que ha pasado después del 9 de noviembre confirma que el Gobierno español, Rajoy y el PP han perdido esta partida. Ahora bien, ni la alta participación, ni el eco internacional, ni el éxito en la gestión de una consulta que lo tenía casi todo en contra pueden esconder una evidencia: una vez hechos los números, al proyecto de la independencia le faltarían en torno a 300.000 votos para asegurar una victoria clara en un referéndum organizado con todos los requisitos. Carles Castro ha explicado que, con una participación del 67% (similar a la de los últimos comicios catalanes), los partidarios de la secesión quedarían por debajo del 50% de los votos emitidos.

Aumentar la masa crítica del sí-sí es el objetivo más importante del soberanismo a partir de ahora, teniendo en cuenta tres factores: el 45% consolidado de voto favorable a un Estado independiente se puede ver influido en un sentido o en otro por las dinámicas de la política general española, singularmente por un proceso reformista impulsado desde Madrid después de las generales; a partir de un hipotético 80% de participación en unas plebiscitarias en Catalunya con un interés sin precedentes, todas las previsiones son poco fiables y los actores políticos se mueven como un caminante en la niebla; y, finalmente, es muy difícil plantear escenarios de futuro cuando el mismo mapa de partidos (catalán y español) sufre una mutación acelerada, circunstancia que trastoca las lealtades de los electores y reconfigura los equilibrios de fuerzas. No sé si todos los actores del soberanismo son lo bastante conscientes de estas realidades.

Si se acepta que impulsar una secesión es saltar una pared muy alta, resulta incuestionable que, para hacerlo democráticamente, hay que disponer de un grueso muy sólido de ciudadanos favorables. El soberanismo catalán debe sacar buenas lecciones de lo que pasó en el referéndum de Quebec de 1995 (allí los soberanistas sólo consiguieron el 49,42%) y en el reciente referéndum de Escocia, donde la gran movilización de los partidarios de la independencia no se tradujo después en las urnas. En caso de que Madrid no acepte reconducir el conflicto a un tablero de estilo británico, los partidos que apuesten por un Estado catalán independiente deberían lograr la mayoría absoluta (y todos los escaños de más que puedan) en unas plebiscitarias. Este es, por ahora, el esquema más probable. Dejamos para otro día qué tipo de lista electoral podría ser más eficaz para alcanzar esta meta.

Así las cosas, los dirigentes de CDC, ERC y la CUP deberían ocuparse en este momento, sobre todo, de dar con la mejor manera de llegar a 300.000 catalanes que son imprescindibles para saltar la pared. Para explicarles con buenos argumentos que la independencia es una idea que les interesa y una posibilidad que podría mejorar su vida en tanto que europeos castigados.

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