Un hombre que sale

Se les muere la duquesa de Alba y yo pienso en la jubilación de Alfonso Guerra, que sale de la política después de treinta y siete años teniendo escaño en el Congreso, desde aquellos tiempos en que nadie se extrañaba de que el vicepresidente del Gobierno utilizara un avión de las Fuerzas Aéreas para sus viajes privados. Se va Guerra, fallece Cayetana y no cuesta ver en estos acontecimientos el final de una época que un día fue el mundo dado por descontado y hoy es como un pueblo abandonado del Far West cinematográfico, recorrido por fantasmas y trufado de psicofonías más o menos identificables. Hoy, toda la prensa del corazón tiene un aire arqueológico.

La larga peripecia de Guerra en la alta política merece un libro que todavía no se ha escrito. El gran impostor de la transición no fue el pobre Enric Marco. El sevillano montó una librería antes de convertirse en uno de los hombres con más poder de España. Me gusta imaginarme al librero remoto Alfonso -hermano de Juan Guerra, el que hacía favores cuando todavía nadie hablaba de tráfico de influencias- leyendo a Machado en voz alta cuando todo era todavía proyecto. Y me gusta pensar en la relación Guerra-González, un tándem que lo tenía todo: la amenaza y el premio, el castigo y la seducción.

Javier Solana le explicó esto hace once años a la desaparecida María Antonia Iglesias: “Alfonso era un hombre de poder, de control de poder, con unas ideas muy simples respecto al conocimiento de la realidad, muy simples para la complejidad de la realidad. Hoy, Alfonso está desaparecido. Cuando aparecen algunas declaraciones suyas, son las mismas declaraciones que podía haber hecho hace veinte años, o dentro de veinte años. Ahora, él diría que la globalización es mala. Se apunta siempre a la última, pero no ha dicho nada constructivo, nada positivo; en el sentido de mirar hacia adelante, nada. Yo creo que él es, sobre todo, un hombre de poder. Y tengo que reconocer que eso lo hizo muy bien”. Solana y Guerra estaban en desacuerdo en muchas cosas, excepto en Catalunya, aunque el primero es mucho más fino y educado. El único ministro de González que entendió la cultura catalana fue Jorge Semprún, también uno de los pocos que osaron poner en evidencia la poca sustancia que había detrás de la pedantería del Guerra, que quería pasar por intelectual. Semprún era un señor además de un gran escritor europeo.

Guerra se va en un momento muy interesante para los historiadores del futuro, pero antes de hacer mutis todavía tiene tiempo de hacer comparaciones delirantes y escupir sobre el PSC. Es el veneno de quien va camino de convertirse en fósil. El veterano colega Falgàs explica en El Punt-Avui que, cuando murió Espriu, Guerra soltó esta frase: “Ha muerto sin haber conseguido el Nobel de Literatura”. Hemos crecido soportando esto.

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