No es quien se piensan

Toda la comedia del llamado pequeño Nicolás sugiere un retorno a la novela picaresca y permite teorizar sobre la vulnerabilidad de ciertos poderes ante el halago, las apariencias y una tenacidad digna de campeonato. El asunto tiene la gracia de lo que pone al descubierto los resbalones que los poderosos dan diariamente. Este chico es el antihéroe perfecto de un tiempo en que, en España, la vieja política edifica un teatro de gestos sin credibilidad mientras la supuesta nueva política de algunos explota el reciclaje de ideas gracias a una muy hábil combinación de diagnósticos interesantes y propuestas aparentemente milagrosas. Nicolás sería el narrador perfecto de un final de régimen que ha conseguido que los conservadores sean reaccionarios, que los socialistas sean conservadores y que los populistas sean el PSOE de 1982 en versión digital y para todos los públicos.

A raíz del lío que ha generado el pequeño Nicolás y su mezcla de verdades y mentiras, he imaginado que este individuo no es quien ustedes piensan que es (un listillo que ha accedido a lugares muy exclusivos), sino una reencarnación de Guy Debord, el genial padre del situacionismo, el autor lúcido que tuvo la visión de explicar la sociedad del espectáculo, muchas décadas antes de que tuviéramos la posibilidad de mostrar nuestro vídeo doméstico a la humanidad y convertirlo en trending topic. Debord proponía utilizar los códigos de la comunicación convencional para poner de relieve -desde dentro- las contradicciones del sistema de acuerdo con el espíritu rupturista de los años sesenta del siglo XX. Desde este punto de vista, el telecráctico Pablo Iglesias sería como los cocineros de tercera que quieren reproducir alguna creación de Ferran Adrià en una cena de verbena.

Con un punto más de ironía y de escepticismo propios de las lecciones posmodernas y también con un punto más de ingenuidad simplificadora propia del nuestro presente, Nicolás consigue mostrarnos un interesante ángulo digamos pornográfico de la representación del poder que se divulga mecánicamente. Es un porno donde él, el impostor, es lo único que subraya con su postureo que el intercambio que verá al espectador es una exageración estilizada. Todo enaltece la fugacidad de las máscaras y relativiza la identidad de los que ocupan el centro de la escena. No me refiero al asunto clásico del poder como carnaval que distrae el pueblo, sino a una dimensión que está más allá y más acá de las estrategias de tematización. Lo que convierte en revolucionaria la tarea idiota del pequeño Nicolás es la crítica implícita a un valor que hoy casi todo el mundo asume como imprescindible: la autenticidad. Porque él, dentro de la lógica de su guiñol, es de una autenticidad insuperable. Dentro y fuera, preciso.

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