Desconectar o echar a Mas

Más allá de sí el soberanismo podrá sumar votos que ahora son indecisos, más allá de la pugna en Unió, más allá de las agotadoras desconfianzas entre soberanistas, más allá de los pactos municipales y más allá de los imprevistos que estallarán, la gran cuestión que marcará las elecciones al Parlament del 27-S será el choque entre dos objetivos absolutamente contradictorios: activar la secesión democrática de Catalunya o echar a Artur Mas del Govern mediante un acuerdo de izquierdas.

La prioridad compartida sobre el papel por CDC (y parte de la militancia democristiana), ERC y CUP es hacer de Catalunya un Estado independiente. En cambio, la prioridad anunciada repetidamente por ICV-EUiA (que cuenta con un sector independentista) es “echar a Mas”, que es también la de Podemos, de la misma manera que “echar a Trias” era el objetivo de BComú, coalición ganadora de las municipales que reúne a los ecosocialistas de siempre al lado de Podemos, Procés Constituent y otros grupos. Que ICV-EUiA y Podemos estén obsesionados con echar a CiU y a Mas del Govern no es nada nuevo ni sorprendente. Hace años que los herederos del PSUC han hecho de la demonización del nacionalismo mayoritario su razón de ser. El aterrizaje en Catalunya de Podemos y sus marcas locales intensifica y amplía este discurso, basado en una retórica de buenos y malos sazonada con las referencias habituales a la casta, la mafia y la vieja política. A Iglesias le estorba el movimiento soberanista y, aunque ha querido simular que era más flexible que populares y socialistas, ha acabado hablando como lo de que es: un jacobino típico, progre de postal sólo cuando defensa causas indígenas lejanas.

Podemos ve y trata a CiU como ve y trata al PP en Madrid y en las Españas y por eso quiere transmitir que Mas es igual que Rajoy. Cotarelo, intelectual español de izquierdas, tuvo la nobleza de señalar pronto la mala fe del discurso del líder de Podemos sobre el president: “Lo peor es que compare a Rajoy con Mas, que muestre tal desconocimiento del apoyo de que goza Mas en comparación con Rajoy, el presidente peor valorado de la historia de la democracia. Sobre todo que pase por alto que mientras Mas corre el riesgo de verse procesado por sus ideas y sus decisiones como gobernante, Rajoy es quien interfiere sistemáticamente en la justicia para ponerla a su servicio tanto personal como de partido”. A la encargada de la sucursal incluso se le escapó que el odio contra Mas es una herramienta de campaña.

Echar a Mas y echar a CiU es un estribillo muy repetido desde ICV- EUiA y desde Podemos, y también ha sido uno de los ejes de la campaña de Ada Colau en Barcelona, que ha dicho –después de ganar- que no suscribirá ninguna hoja de ruta independentista donde esté la firma de los convergentes, como si fueran apestados. Antes de los comicios, la líder de BComú repitió que “con los partidos del régimen no pactaremos”, un mensaje eufemístico que en realidad quería decir que hay que hacer un cordón sanitario contra CiU mientras sí se puede colaborar con los socialistas.

Reproducir un artefacto equivalente a BComú para las catalanas no será fácil, aunque ICV se muere de ganas, una vez ha notado que no hay nada como el tuning para ir tirando. El objetivo de echar a Mas y a CiU sería el cemento más fuerte de una coalición de este tipo, que así podría –de paso- moverse en una cierta ambigüedad sobre la independencia. Una operación de este tipo tiene, hoy por hoy, muchos obstáculos, entre los cuales que no hay nadie como Colau para liderarla. Al final, quizás veremos una coalición sólo con ICV-EUiA y Podemos.

El impacto de los mensajes “echemos a Mas” sobre otras opciones no debe ser despreciado. Porque hay fronteras electorales sensibles en una izquierda cada vez más fragmentada y donde –más allá del eje nacional- imperan los tópicos de la supuesta nueva política. La CUP está a distancia sideral de CDC sin embargo –hasta ahora- ha entendido que era indispensable contar, a nivel nacional, con el papel de Mas y del bloque moderado para mantener el proceso, aunque en la vida municipal no quiere tratos con CiU. A pesar de no haber suscrito la hoja de ruta de CDC, ERC y las entidades soberanistas, la CUP es poco sensible a los llamamientos de ICV y Podemos (acuerdos de colaboración como el de Badalona son escasos). Quim Arrufat lo ha sintetizado así: “no son momentos políticos normales en que la disputa esté en echar a la derecha y hacer volver a la izquierda como el tripartito o viceversa, sino que se trata de hacer un país nuevo mucho más justo y cambiar el marco, cambiar el tablero de juego”. Veremos si piensan lo mismo los diputados de la CUP escogidos el 27-S.

Paradójicamente, es ERC el partido más expuesto a las presiones del sectarismo de ICV y Podemos contra Mas. Porque Junqueras ha dado apoyo al Govern de CiU, porque ha tenido que aguantar críticas por este compromiso, porque quiere articular el antiguo espacio socialista y porque las bases republicanas están inquietas por el crecimiento de la CUP y la entrada de Podemos en muchos consistorios. Pero la dirección de ERC sabe, como lo sabe todo el mundo, que la desconexión de Catalunya será imposible si los soberanistas de izquierdas adoptan como objetivo principal del 27-S excluir a Mas de cualquier jugada.

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