ajax-loader-2
Francesc-Marc Álvaro | Idealistes i pragmàtics
4312
post-template-default,single,single-post,postid-4312,single-format-standard,mikado-core-2.0.4,mikado1,ajax_fade,page_not_loaded,,mkd-theme-ver-2.1,vertical_menu_enabled, vertical_menu_width_290,smooth_scroll,side_menu_slide_from_right,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.5,vc_responsive

23 mar 2017 Idealistes i pragmàtics

Este año se conmemora el cuadragésimo aniversario del retorno del president Josep Tarradellas y del restablecimiento de la Generalitat. Aunque su llegada a Catalunya no fue hasta el 23 de octubre de 1977, los actos oficiales para celebrar aquel acontecimiento ya han empezado esta semana. Por eso, el lunes, tuvimos ocasión de ver reunidos, y sentados uno al lado del otro, a todos los presidentes del país desde 1980, de Jordi Pujol a Carles Puigdemont, pasando por Pasqual Maragall, José Montilla y Artur Mas. Las instituciones encarnan la continuidad de la historia y la fotografía de todos los mandatarios dice mucho de la sociedad catalana y del mínimo común denominador que nos articula. Si tuviéramos más sentido de Estado, sabríamos valorar con más generosidad todo lo que vincula unas figuras tan diferentes desde el punto de vista ideológico, generacional y personal.

Coincide esta efeméride con el comentario de un alumno al cual recomendé la lectura del libro Els quatre presidents (L’Avenç, 2010), un conjunto muy interesante de entrevistas a Tarradellas, Pujol, Maragall y Montilla, seleccionado por Josep M. Muñoz. El joven estudiante –interesado en la historia y la política– me dice que lo que más le llama la atención de estos testimonios es la voluntad de autogobierno que expresan. Bien visto. Más allá de cada época y cada sensibilidad, la presidencia es la plasmación de esta idea de gobierno propio, que no puede reducirse sólo a la solución autonómica porque es anterior a la España de las autonomías. Prat de la Riba presidió la Mancomunitat porque la Generalitat moderna todavía no existía, pero nadie duda de que todo su pensamiento y su acción tenían como meta un autogobierno lo más ambicioso posible, en aquel momento dentro del marco deteriorado de la Restauración.

Observando la foto de los presidentes que hemos tenido, he pensado que podemos dividirlos en dos grupos: idealistas y pragmáticos. En el equipo de los idealistas, coloco a Maragall y Puigdemont, mientras que en el equipo de los pragmáticos coloco a Tarradellas, Pujol y Montilla. El caso de Mas es muy especial porque es el único que reinventa sus planteamientos y su personalidad pública desde la presidencia: comienza con un estilo de resonancias tecnocráticas y acaba haciendo un papel fuerte de puente entre dos épocas y dos visiones del catalanismo; en este sentido, podemos concluir que Mas es un pragmático desengañado que no tiene más remedio que abrazar el idealismo para abordar una reformulación del proyecto histórico del nacionalismo moderado.

Que Puigdemont es un idealista me parece que no necesita mucha argumentación: es un activista independentista desde siempre y llega a president de rebote, sin esperarlo, movido por un solo objetivo y con fecha de caducidad. En cambio, el idealismo de Maragall no es tan evidente, pero es de igual o más consistencia que el del actual inquilino de la Casa dels Canonges. El nieto de Joan Maragall es el último catalanista que tiene la convicción de que puede impulsar la reforma profunda de España, para hacerla más abierta y más plural, y por eso pone encima de la mesa el nuevo Estatut, que ve como el acelerador de un federalismo hispánico por la puerta de atrás. Si eso no es idealismo, ya me dirán qué lo es. Con Maragall, el viejo anhelo del catalanismo político de construir otra España toca fondo y desemboca en el callejón sin salida del TC. La apuesta maragallista es noble, pero el resultado provoca un terremoto. Sin este idealismo tenaz, Maragall no habría sido el gran alcalde de los Juegos Olímpicos de 1992 ni el constructor de la Barcelona que hoy se ha hecho un lugar entre las grandes capitales.

En el equipo de los pragmáticos, Tarradellas, Pujol y Montilla comparten tres virtudes, más allá de las obvias diferencias: tienen estrategias claras, trabajan con luces largas y son negociadores expertos. Sin pragmatismo, Tarradellas no se habría entendido con Adolfo Suárez, ni Pujol habría contribuido a la go­bernabilidad del Estado con socialistas y populares, ni Montilla habría aceptado y mantenido una coalición de gobierno con ERC. Con todo, este pragmatismo, a veces, les revistió de un exceso de confianza, que tapó problemas de fondo. Tarradellas despreció a los partidos, Pujol no aceptó un acuerdo con los republicanos ofrecido por Carod-Rovira, y Montilla no aprovechó que tenía todo el poder local y autonómico para conjurar el desgaste del Partit dels ­Socialistes de Catalunya.

Dicho esto, no me quedaría tranquilo si no añadiera que los que parecen prag­má­ticos acaban –ante determinadas circunstancias– practicando el idealismo, y los que parecen idealistas pueden protago­nizar también episodios de clara realpolitik. Por ejemplo, sólo un idealismo a prueba de bomba explica que Tarradellas fuera capaz de interpretar con total convencimiento el papel de president cuando la dictadura de Franco parecía eterna. Y sólo un realismo responsable explica que Puigdemont intente agotar todas las posibilidades de ­­or­ganizar un referéndum pactado, a pesar de las repetidas negativas de Rajoy y sus ministros.

Etiquetas: