Histórica y pedagógica

Perdónenme el adjetivo, pero es pertinente: la manifestación independentista en Madrid es histórica. En sentido literal. Entendemos por histórico un acontecimiento nuevo que no tenía precedentes y que, por su importancia, es un hito. Nunca, durante más de cien años de nacionalismo catalán, la gente partidaria de esta causa se había desplazado a la capital de España para protestar masivamente y expresar sus demandas. Ahora, cuando el nacionalismo catalán se ha hecho independentista, se produce una gran manifestación de catalanes en el corazón del Estado del que se quieren separar, mediante una consulta democrática y pactada, después de una especie de ensayo general de secesión, sin consecuencias efectivas pero con graves consecuencias penales para sus impul­sores.

¿Qué nos dice de nuevo esta manifestación? Nada. Sólo subraya dos evidencias: la crisis catalana es el primer problema español, y no se podrá gobernar España sin abordar políticamente la desafección de –por lo menos– la mitad de Catalunya. Era también una manifestación para romper la espiral del silencio y la persistente desinformación de muchos medios de Madrid, para hacer llegar directamente a la población madrileña el carácter cívico, integrador y pacífico de un movimiento que es definido a menudo como étnico, excluyente y violento por los que dominan el relato de actualidad que consume la mayoría de los españoles.

¿Por qué el independentismo no hizo una manifestación en Madrid antes del 1 de octubre? ¿Por qué no antes del 9-N? Si se trata de conectar con los sectores de la sociedad española más abiertos a revisar el statu quo, quizás habría sido provechoso organizar esta marcha mucho antes de tener líderes políticos juzgados en el Supremo. No soy tan ingenuo de pensar que un día de manifestación deshace por arte de magia los prejuicios incubados durante siglos, obviamente. Pujol intentó hacer pedagogía de Catalunya sin plantear ninguna ruptura y comprobó que es muy complicado que se entiendan y se acepten algunas premisas. En todo caso, el independentismo no puede dejar de explicar donde sea, y de manera primordial ante la ciudadanía española, una tarea tan indispensable como difícil.

Estamos donde estamos: juicio en el Supremo, elecciones polarizadas, explotación sectaria del caso catalán y ausencia de un nuevo proyecto español alternativo al de las tres derechas. Ni Podemos osó sumarse a la manifestación del sábado, hay demasiado en juego y el frame aznariano impera. El independentismo no tiene una estrategia digna de tal nombre, pero conserva la capacidad de movilización, porque la indignación es profunda, a pesar del breve paréntesis del Ejecutivo Sánchez. Más allá de pugnas y purgas partidistas, las bases independentistas siempre están ahí. La herida abierta promueve por debajo la unidad que por arriba no existe.

Independentistas en Madrid: ponen en evidencia el pensamiento ingenuo de los profesionales del Estado que creen que con policías y jueces todo se resolverá.

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