Trapero y los límites

Los límites, sin tapujos. Los límites del proceso independentista quedaron a la vista de todo el mundo cuando el mayor Trapero declaró como testigo en el Tribunal Supremo. Fue como si alguien nos mostrara la parte pos­terior –repleta de clavos, zurcidos y pegotes– del decorado de una gran función. El que fue máximo responsable de los Mossos d’Esquadra separó con su relato las acciones del cuerpo que él dirigía de las decisiones políticas del Govern, para salvaguardar el papel de 17.000 agentes y para reivindicar su buen hacer profesional y su lealtad a la ley. Con ello –ya se ha repetido en todas las crónicas– rompió la tesis del delito de rebelión de forma contundente; a cambio de poner sobre la mesa la temeridad y la frivolidad de lo que hizo el Govern durante el otoño del 2017.

Habrá que leer y releer muchas veces las palabras de Josep Lluís Trapero en la vista contra los líderes independentistas, y seguro que deberemos hacer lo mismo con lo que diga como acusado cuando arranque la causa contra la cúpula de la policía autonómica en la Audiencia Nacional. Los historiadores de mañana encontrarán en Trapero una claridad indispensable para desentrañar los hilos de un acontecimiento enredado por el solapamiento del voluntarismo impotente, el tacticismo irrealista y el menosprecio de eso que antaño se denominaban las condiciones objetivas. Como el niño del cuento del vestido nuevo del emperador, Trapero revela la verdad con una simplicidad pasmosa, atravesando con elegancia los malentendidos gigantescos de un referéndum y una declaración de independencia que constituían, en realidad, un plan para conseguir una negociación política con Madrid que (como se ha escuchado también en el Supremo) se les fue de las manos.

La lección del mayor Trapero tiene la ­virtud de iluminar el punto más débil del procés catalán en tanto que ruptura (o simulacro de ruptura) impulsada desde la Generalitat en sintonía con una amplia movilización pacífica en las calles: la desobediencia oficial. Según este diseño, los miembros del Govern se comprometían con la des­conexión sin por ello poner en riesgo –teóricamente– a los funcionarios de la administración catalana. Era una cuadratura del ­círculo que ya se demostró ilusoria cuando departamentos muy sensibles de la tecnoestructura autonómica se negaron a validar e implementar ciertas disposiciones; la épica y la burocracia son dimensiones que casan mal y la imposible desobediencia desde arriba hizo que la retórica se disolviera en la nada cuando llegó la hora de la verdad. No había ningún dato real que hiciera pensar que los Mossos serían distintos a la inmensa mayoría de funcionarios de la Generalitat.

Según declaró Trapero, todo estaba muy claro. Así lo había reiterado ante Puig­demont, Junqueras y Forn: “Les dijimos que nosotros cumpliríamos las órdenes judi­ciales, que no se equivocaran; que el cuerpo no rompería nunca con la Constitución; que no acompañábamos el proyecto indepen­dentista y que estábamos molestos”. No creo que nadie en el Govern se sorprendiera. Otra cosa son las fantasías que ciertos entornos independentistas podían manejar sobre unos Mossos que, llegado el caso, se convertirían en una suerte de milicia republicana. Fantasías que, paradójicamente, sólo perviven hoy en las acusaciones del juicio, ansiosas por probar una supuesta complicidad entre el Govern independentista y la cúpula de los Mossos. La contundencia con que Trapero explicó que tenía un plan para detener a Puigdemont y sus consellers fue el cortafuegos definitivo.

Lo que se hizo, lo que no se hizo y lo que parecía que se hacía mientras se hacía otra cosa. Las bases del independentismo todavía se sienten concernidas por la narrativa ambigua de una declaración de independencia marcada por el fatalismo del descontrol y el miedo a la palabra traidor. Una declaración de independencia anunciada meramente como escudo protector para evitar el descrédito de los que habían mantenido el farol –la expresión es de la exconsellera Clara Ponsatí– más allá de lo que el análisis racional aconsejaba. Para el independentismo de base lo dicho por Trapero no es de fácil digestión.

En este contexto de mera retórica paliativa contra la frustración, es irrelevante el debate sobre si existían pocas o muchas estructuras de Estado el 29 de septiembre del 2017, porque lo único importante era que el Govern no podía (ni quería) arrebatar al Ejecutivo español el monopolio de la fuerza, con lo cual la república no podía ni nacer. Trapero, como profesional del ramo, no dudó nunca sobre el centro de gravedad de la violencia institucional. Por ello encajó tan mal la presencia de la figura supervisora de Pérez de los Cobos, que consideró una tutela absolutamente innecesaria.

El sentido institucional y el sentido de realidad que les faltó a los miembros del Govern en las horas más críticas lo tuvo siempre el mayor Trapero, que quedó atrapado entre el simbolismo agónico de unos y el furor vengativo de otros. El clásico castellano nos viene que ni pintado: “Qué buen vasallo, si hubiera buen señor”.

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