Economía de las batallas

Administrar las energías es la base de cualquier estrategia. Tener unas u otras prioridades es la expresión de una determinada visión estratégica para sacar adelante un proyecto. Eso vale en el mundo privado y en el público, en los asuntos personales y en las iniciativas colectivas. ¿Qué pasa cuando estas obviedades monumentales son ignoradas por aquellos que tienen las máximas responsabilidades institucionales? ¿Es el pulso para mantener los lazos amarillos en los edificios oficiales la gran batalla que ahora ha de librar el independentismo? ¿Es este combate por el amarillo en las fa­chadas públicas tan importante que el president y los consellers deben correr el riesgo de ser, quizás, inhabili­tados? El Síndic de Greuges ha puesto un poco de realpolitik cuando más falta hacía.

El lazo amarillo es un símbolo político de protesta y de solidaridad, no me parece que sea de partido. Por lo tanto, es un símbolo que ni pone ni quita nada a la campaña, que es una competición de partidos. Pero mi criterio no es el de la Junta Electoral Central, que es el organismo que obliga al Ejecutivo Torra a retirar el amarillo de todos los edificios de la administración autonómica. ¿Cuáles son los costes de desobedecer el dictado de la JEC y cuáles los réditos de no hacerlo? Esta es la pregunta política elemental en esta controversia, supongo que en algún despacho alguien se la debió hacer antes de que tomara la palabra Rafael Ribó.

Hay más por perder que por ganar si se lleva este pulso hasta el límite. Porque la política independentista no puede consistir principalmente en una constante prueba de esfuerzo para demostrar heroísmo y firmeza sobre el terreno simbólico y retórico. Si la simbología es el centro de gravedad de la acción del Govern Torra, estamos ante, posiblemente, el síndrome de la bicicleta: hay que ir pedaleando siempre para no caer, aunque podría ser que la bicicleta fuera estática y no fuéramos a ningún sitio.

Dos cosas me parecen ciertas: el independentismo se ha consolidado como movimiento político pero el objetivo de la independencia ya no tiene nada que ver con la prisa. Si se asume que va para largo, el cálculo de energías y prioridades no se puede hacer a la ligera, y menos cuando los principales líderes están en la cárcel y el exilio. Una estimación realista de la correlación de fuerzas y las debilidades internas aconsejaría no confundir las batallas centrales y las batallas secundarias, dentro de una estrategia que –repito– deberá abandonar pronto la ansiedad del corto plazo, sobre todo cuando acabe el juicio en el Supremo. De momento, dado que no hay estrategia clara y compartida, todo gira en torno a un teatro aparentemente sacrificial que intenta transmitir a las bases desconcertadas el mensaje épico y eufórico del “ni un paso atrás”. Todavía no hemos aterrizado.

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