Escupir el chicle

En su libro Els últims 100 metres, Quim Torra escribe esto: “Keep the momentum, que decía un jefe mío suizo. Risa y revolución, No parece una mala combinación para empezar un nuevo país”. Se publicó en el 2016, cuando Torra era sólo un activista, aunque ya había tenido algunas responsabilidades en la administración. Hoy, la risa la provocan situaciones ridículas –el sainete de las pancartas y los lazos en el Palau de la Generalitat– que son la parodia involuntaria de una revuelta frustrada. El impulso del president se convierte en engendro y autogol. En otra página de este mismo libro, Torra sintetiza su pensamiento estratégico: “La trampa del dilema entre seguridad jurídica o choque de trenes sólo tiene una respuesta: aceleración. Es decir, seguir adelante”. Es la consigna “tenim pressa” elevada a principio rector de toda la política independentista. Como un sonámbulo que ignorase todo lo que pasó el otoño del 2017, la máxima autoridad de Catalunya insiste en jugar al gato y el ratón con el Estado, a la espera de repetir el 1 de octubre. Torra cree que él podrá ir más lejos que Puigdemont, por eso promete el oro y el moro a los CDR y todavía piensa que sólo faltan 100 metros para la meta.

La semana pasada ha sido muy importante para el independentismo y el país en general, han pasado dos cosas de gran trascendencia. Primera: Torra ha quedado fuera del control remoto de Puigdemont y se ha convertido en el principal problema de sus consellers, incapaces de justificar –salvo Borràs– sus juegos de manos. Segunda: ha crecido la estupefacción de las bases independentistas, incapaces de entender el sentido de una batalla que acaba erosionando la credibilidad de la presidencia y que, de rebote, pone a los Mossos en un papel muy antipático; la fatiga de muchos (independentistas y no) ante la gesticulación estéril está tocando fondo, lo cual podría influir en el voto.

De la triangulación Generalitat-cárcel-Waterloo, el punto más débil es hoy el Govern, como lo demuestra la manera como se quitan y ponen consellers en función de los cálculos de Puigdemont. Mientras, ERC calla y aguanta. La actitud de Torra –que ahora parece encantado de tener vida propia– debilita todavía más lo que debería ser el centro de gravedad político del país. Hay una cadena fatal de decepción que vincula a los últimos presidentes: Puigdemont ya debe haber descubierto que se equivocó con Torra, igual que Mas no puede esconder que no comparte lo que ha hecho Puigdemont, a quien él designó. Muñecas rusas de un liderazgo que acaba en un callejón sin salida.

Torra y su entorno de “momentistas” no se resignan a escupir el chicle sin sabor de una vía unilateral y rápida que espera el milagro en forma de gente en la calle durante meses. Pero el chicle hace días que es sólo un trozo gastado de caucho y resina sintética de plástico, que sólo permite hacer globos pequeños de desobediencia impotente y efímera. No tiene nada que ver con hacer política ni –sobre todo– con hacer historia.

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