Los muñecos de Josemari

La política puede costar algo de comprender o puede ser sencillamente esotérica. El mítico doctor Jiménez del Oso, el de nuestra infancia televisiva, debería resucitar, tendría mucho trabajo. Albert Rivera jura y perjura que no pactará con el PSOE a pesar de los guiños de los socialistas hacia el par­tido naranja, lo cual es paradójico si se tiene en cuenta que el acuerdo preferido por el Madrid de las élites –nos llega por varias fuentes– sería precisamente este.

El pacto más anhelado por el establishment español es, al mismo tiempo, la opción que niega con más insistencia el líder que quería ser Suárez (otro día quería ser Renzi y otro día también quería ser Macron) y –finalmente– ha acabado compitiendo con Casado y Abascal por la esquina de la derecha dura, con lo cual ha regalado todo el centro al PSOE, una estrategia que, en el mejor de los casos, lo llevaría a ser ministro de Exteriores, como ha ironizado el líder del PP.

En las facultades de Políticas se estudiará en el futuro la extraña manera como Rivera olvida que quería construir una opción teóricamente de centro y como, haciendo caso de los cantos de sirena de José María Aznar y la FAES, se lo jugó todo a sustituir al PP. Sin contar con que Vox surgiría de las catacumbas del resentimiento y sin ver venir que el padrino Josemari, con la otra mano, daba cuerda a otro muñeco que se le parece mucho, una vez salió de escena Rajoy. Ahora, Casado y Rivera, los dos muñequitos de Aznar, se están mordiendo para ver quién queda primero en un tenderete donde Abascal –hijo putativo del PP– ofrece el producto original y sin filtrar.

Alguien podría pensar que Rivera nos está tomando el pelo y prepara una jugada maestra: negar obsesivamente un pacto con Sánchez durante la campaña (para pescar entre votantes populares y seducidos por los ultras) y, después, llegada la hora de la verdad, vender la necesidad de garantizar la estabilidad y la gobernabilidad con unos socialistas que, a su vez, serían salvados de caer en las manos pérfidas de Podemos y los independentistas; aquí Rivera podría disfrazarse de gran estadista y fundamentar su giro a partir del patriotismo. La versión más salvaje de este escenario hipotético dice que los poderes fácticos podrían forzar el acuerdo PSOE-Cs de otro modo: sacrificar a Rivera y entronizar a Arrimadas. Sería un paso al lado, con alguna salida estimable para el de La Garriga.

Tenemos escrito que el pacto más codiciado en la capital es también el pacto que complicaría más las cosas en Catalunya, no sólo a los independentistas. El PSOE debería hacer concesiones a Cs en la agenda catalana, y eso supondría una mirada restrictiva del autogobierno, extremo que pondría al PSC contra la pared. Esta posible pinza PSOE-Cs es lo que más se parecería a la muerte suave de la rana en el agua hirviendo.

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