El retorno de Mas

Se especula con el retorno de Artur Mas a primera línea política a partir de febrero del año próximo, cuando termina su inhabilitación. Algunos próceres de las élites económicas barcelonesas observan al expresident como una figura que podría –tal vez– poner orden en el espacio posconvergente, donde ahora prepondera Puigdemont sin que hayan desaparecido completamente los que, de manera abierta o discreta, discrepan de lo que se ordena desde Waterloo. La entrevista de Enric Juliana a Marta Pascal certifica que hay movimientos de fondo, aunque nadie puede predecir si cuajarán o no. En todo caso, es muy difícil que los disidentes de Puigdemont hagan nada concreto antes de las sentencias del juicio en el Supremo.

Hay que tener presentes dos cosas sobre Mas. Primera: resulta paradójico y también irónico que una parte de los que más criticaron al expresident por su conversión al independentismo, a partir del 2012, lo consideren hoy el posible mal menor providencial en un contexto de vacío estratégico y parálisis institucional. Segunda: es inquietante que algunos de los que más influyeron para que Mas diera el paso al lado ante el veto de la CUP, en el 2016, sean ahora los que más lo animan a volver al liderazgo, como si nada hubiera pasado. ¿Se puede ­confiar en los que –como jugadores de póquer– aconsejan ­jugadas maestras sin brizna de autocrítica?

Mas es cartesiano, analítico y escucha a mucha gente, pero aún piensa que fue acertado el paso al lado después de las ­elecciones del 27-S del 2015. Sin admitir los errores, será muy complicado llevar la política independentista a un nuevo planteamiento de largo plazo. Mas y Oriol Junqueras también deberían asumir que no fueron fieles a los datos cuando actuaron como si el independentismo hubiera alcanzado un porcentaje del 51% en aquellos comicios, considerados plebiscitarios por ellos mismos. Uno por el otro, Mas y Junqueras no quisieron rectificar nada aunque se había perdido el plebiscito, por rivalidad partidista y por miedo a ser tildados de traidores por las bases y las entidades. Este miedo a hablar claro todavía atenaza los discursos de la mayoría de dirigentes independentistas.

Mas tiene algunas virtudes políticas que Puigdemont y Torra no han podido o no han querido mostrar, atributos que irían bien para aterrizar en una fase más realista y pragmática (siempre y cuando en Madrid haya un gobierno dispuesto a dialogar y a reconocer que existe un conflicto). Pero no podemos obviar que el sucesor de Pujol tiene el mismo problema que el de todo el núcleo dirigente del proceso: las mochilas de lo que se ha dicho y hecho pesan demasiado. Para construir un tiempo nuevo harán falta caras nuevas, que no tengan responsabilidades directas en el trayecto que nos ha llevado hasta la situación actual. Las figuras protagonistas del proceso, del espacio posconvergente y de ERC, acarrean demasiados silencios, giros y reproches. Habrá que aprovechar la experiencia de Mas y de otros de la manera más inteligente.

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